El No Porque No (innecesaria historia y reflexión)

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barrikada
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El No Porque No (innecesaria historia y reflexión)

Mensajepor barrikada » 18 Ene 2016 09:14

[b]El No Porque No:

La historia de la negación como método de consecución[/b]




Como símbolo de cambio y ondeada por brisas de aire fresco, se alza la bandera del diálogo y la pedagogía. Son estos los pilares sobre los que se asienta un nuevo período, un período de prosperidad e ilusión que, se espera, enterrará las desavenencias y los errores pasados. Los que ensalzan este talante afirman que resulta enriquecedor el intercambio de ideas y argumentarlas con rigor, ser profundo a la vez que conciso y tratar, en la medida de lo posible, de cimentar un criterio coherente. Para dar validez a los juicios emitidos, emerge la valía de la información objetiva y contrastada por fuentes fiables, no dejarse engatusar por titulares tendenciosos y ajustar el tono y las formas a lo políticamente correcto, al sosiego y al respeto.



Por si esto no fuera suficiente, es imprescindible atender a opiniones diferenciadas con una actitud abierta y empática. No basta mostrar cierto interés por las posiciones ajenas, asintiendo repetidamente en silencio con una sonrisa cortés a la espera del turno de réplica; sino que también hay que interiorizar las nuevas opiniones por disparatadas que estas sean, confrontarlas a las nuestras con espíritu crítico en pos de encontrar el camino de la verdad y la razón. Un camino del que los más optimistas del lugar, rozando la utopía, se atreven a describir como el único posible para alcanzar el sueño de la libertad.

Pues bien, a todos los creyentes de esas teorías y a los que pretenden convertirse a ellas para adaptarse a los nuevos tiempos, ya sea por inercia, aburrimiento o placer, he de advertirles con toda la humildad que me contempla, el respeto que siento por sus convicciones y el noble sentimiento de justicia moral que me embriaga, que son ustedes unos meros ilusos, que no tienen ni pajolera idea de nada, que sus cándidas intenciones han sido prostituidas para engañarles vilmente. Además, sin ánimo de ofender, les aconsejaría que se arrodillasen ante mí y que abrazaran la doctrina verdadera y el único camino a la felicidad y el bienestar individual: el no porque no.



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Para ilustrar esta idea y acabar de convencerles –aunque intuyo que las incontestables razones expuestas hasta este punto debieran ser suficientes– les voy a narrar las aventuras y desventuras de l’Alfred Menys, un joven idealista educado férreamente en los principios del no porque no. Su épica historia evidencia el asombroso poder de la negación absoluta para la conquista de las metas que uno se proponga, aunque sean severamente lejanas o aunque la torpeza colme de virtud al individuo. Queda constatada también la inoperancia del diálogo, la deferencia, la cesión o la empatía, actitudes de las cuales espero que el peso del tiempo acabe enterrando en lo más profundo del olvido.



Por voluntad expresa de su padre, el Francesc Menys, l’Alfred vino al mundo en la masía que la familia tenía ubicada en un majestuoso paraje de l’Empordà. Lo primero que sintió l’Alfred en vida fue el agua del Llobregat bullir dentro de la caldera metálica que había visto nacer a diez generaciones de Menys. El Francesc Menys y su esposa, la Teresa d’Orts, no podían ser más felices. La mujer, ya entrada en años, había cumplido su sueño de ser madre y así poder devolver una parte de todo su amor, satisfaciendo las aspiraciones de un marido que le había dado todo cuanto podía desear. De esta forma, el Francesc se aseguraba la sucesión del negocio familiar, el cual había comenzado a dirigir recientemente. Estaba convencido de que su hijo sería el eslabón que pondría a Tèxtils Menys en primera línea mundial y en ello centraría todos sus esfuerzos.



Desde bien pequeño, l’Alfred fue consciente de que algún día sería un hombre importante. A cambio sólo debía acatar las órdenes de su padre. Éste le inculcaría la rectitud, la disciplina y la cultura del esfuerzo empleando las mismas herramientas que, de forma astuta, había utilizado su padre con él mismo: el no porque no y el sí porque sí. No porque no a jugar en el parque con otros niños, a dibujar tumbado en el suelo, a ensuciarse la ropa, a repetir las tonterías que le hacían gracia, a reír a carcajada limpia. No porque no a ser un niño. Sí porque sí a ir a misa los domingos, a llevar la raya en el lado derecho, a callar cuando hablaban las personas mayores, a asistir a clases de idiomas, conservatorio, ajedrez, entrenamiento de tenis, equitación, kárate, campamentos con scouts y en los tiempos libres a repasar el Misalito y leer la colección entera de El Barco de Vapor. Sí porque sí a ser un gran Menys.



Por su parte, la Teresa se deshacía en atenciones hacia l’Alfred. Le cantaba, lo bañaba, le sonreía, lo abrazaba, lo besaba, lo mimaba y le acariciaba hasta casi desgastarlo. También le constentía algún que otro capricho sin importancia como pedir un helado justo antes de comer, instalar una televisión en su cuarto, cocinarle todo lo que a él le gustaba, no ir a clase porque tenía unas décimas de fiebre, comprarle la tecnología más moderna y más cara, tirar petardos en el inodoro o ir montado a caballo al colegio. En poco tiempo, la Teresa se percató de que ya no podría decirle que no a l’Alfred, ya que éste encolerizaba, se hinchaba a llorar y a gritar, con la cara enrojecida y la respiración agitada, haciéndole pedazos su delicado corazón.



En aquel tiempo las cosas iban mejor que nunca en la fábrica: habían comprado una maquinaría extranjera que doblaba la producción con la mitad de capital humano. Sin embargo, el Francesc no se contentaba, quería más, más y más, así que pidió diversos créditos para expandir el negocio. También aprovechó la ocasión para comprar un palacete en la zona más cara de la ciudad, un par de coches de lujo y un yate. L’Alfred cambió de colegio para ir al mejor de la ciudad, y por tanto el más caro, al que asistían hijos de futbolistas, políticos, nobles, toreros, famosetes y los hijos de la gente de bien en general. Mientras tanto, el saldo de la tarjeta de crédito de la Teresa aumentaba de la misma forma que el tiempo que pasaba de compras o haciendo vida social, gintonic en mano. Solía reunirse con mujeres de bien que charlaban sobre temas de bien tales como la pereza y la bajeza social del servicio doméstico, cotilleos de altas esferas o joyerías, boutiques y centros de estética para gente de bien.



Todo marchaba a las mil maravillas, pero el Francesc quería más, más y más y se le metió entre ceja y ceja la idea de aumentar la familia a toda costa, poder así reforzar la imagen de cabeza de una gran familia y disponer de nuevos y robustos brazos que sostuvieran el negocio. A pesar de las reservas de la Teresa, que bordeaba los límites impuestos por la biología, no había forma de decir que no a nada que el Francesc se propusiera. De esta forma, hacían el amor religiosamente todas las noches sin ningún tipo de pudor, compasión, consideración, ni tacto. En uno de aquellos actos, la Teresa se dio cuenta de que odiaba con todas sus fuerzas a aquel oso peludo y sudoroso que tenía por marido. Descubrió que le repugnaba que la tocara con sus despiadadas garras, sentir la humedad de sus codiciosas babas y comenzó a meditar un plan para escapar junto a l’Alfred y emprender una nueva vida en un país distinto.



Cuando todo estaba listo para la huida, con l’Alfred rebosante de ilusión por conocer las pistas de esquí de Grandvalira, de repente la Teresa empezó a sentirse muy débil y a sufrir unas náuseas que no podía contener. Abrazada a la taza del wáter advirtió que estaba embarazada y maldijo su suerte, al futuro retoño, pero sobre todo al Francesc. Con aquel panorama, la independencia debía esperar un tiempo. Finalmente, el embarazo se tradujo en dos niños y una niña: Lucía, una niña de mofletes graciosos y aficionada a la siesta; León, un niño frío y amante de las morcillas de cebolla y arroz; y Aarón, un chico robusto con predisposición para las jotas. Los nombres habían sido impuestos por el Francesc que, de paso, decidió aprovechar la visita al registro para cambiar el suyo y rebautizarse como Francisco. Creía que de aquella forma se haría respetar en las altas esferas donde cada vez estaba más y mejor valorado. Además, interpretando la frialdad y la hostilidad creciente de la Teresa, Francisco tomó la iniciativa de cederle mayor autonomía e ingresarle más crédito en sus cuentas.



Entretanto, ajeno a aquellas asperezas, los valores del no porque no se asentaban en la cabeza de l’Alfred Menys. Influido por un grupo de jóvenes descarriados, pedía a sus padres que le dejaran salir de fiesta hasta altas horas de la madrugada. Tentado por las diabólicas curvas de sus compañeras, quería quedar con otras chicas para ir al cine, pasear, cenar y descargar su pubertad. Corrompido por las estridentes melodías de guitarras eléctricas, sugirió que le permitieran ir a conciertos de música rock. Y, por último, seducido por la modernidad y la popularidad que daba lucir piercings y tatuajes, l’Alfred comentó la posibilidad de hacerse un tatuaje en el brazo con un corazón que tenía inscrito “Amor de la meva mare” y un piercing en el glande. Pero se encontró el no como respuesta, apostillados por sendos porque no, acompañados de una merecida tunda en función de la inmadurez de sus propuestas.



Consciente de las necesidades y los deseos de su hijo mayor de edad, procurando garantizarle lo mejor, Francisco matriculó a l’Alfred en una de las business schools más prestigiosas, y por tanto más caras, de los EEUU. Al haber obtenido unas pésimas calificaciones durante un bachillerato aprobado mediante sobornos, además de pagar los varios centenares de miles de matrícula, el empresario tuvo que abonar un extra como compensación de admisión tras las mediaciones de un contacto en el ministerio, el embajador, el obispo y un par de jóvenes exuberantes que bailaban de forma sensual en la barra del bar que Francisco solía visitar tras la jornada laboral.



En su época de estudiante en los States, l’Alfred eligió la vida que siempre había deseado tener y nunca le habían permitido: salía todas las noches a quemar las discotecas, bebía hasta olvidar quién era, iba a salvajes conciertos de punk, heavy, metal y hardcore, follaba hasta que se le caía a trozos, se quedaba dormido en portales, se hizo varios tatuajes con frases trascendentes como “Fuck Love” o “Only God Can Judge Me”, calaveras incendiarias y símbolos divinos de los cuales desconocía su significado o procedencia. También se agujereó orejas, nariz, cejas, labios, lengua, glande y testículos, aunque este último se lo tuvo que cerrar debido a una severa infección. L’Alfred era más feliz que nunca, era el puto amo, nadie lo podía parar. Nadie le podía decir que no.



Mientras tanto, la familia Menys-d’Orts se resquebrajaba. El déficit galopaba descontrolado por las cuentas de Tèxtils Menys, amenazando con sumir en la bancarrota al negocio. Los despidos y las huelgas se habían ido sucediendo, mientras que los acreedores y los clientes comenzaban a estar hartos de las falsas promesas de Francisco. Gran parte de aquella situación era debida a la insostenible expansión del negocio y al sueldo astronómico de su líder, del cual su mujer disponía de un 3% extra. A expensas de su marido, el cual hacía la vista gorda a la comisión, la Teresa enviaba este dinero a un paraíso fiscal, el cual le serviría para afrontar su fuga definitiva junto a un banquero de aquel país del que se había enamorado de la noche a la mañana, recobrando la ilusión de vivir. Francisco, completamente frustrado y desesperado, se pasaba las horas encerrado en un club esperando a que las cosas volvieran a su cauce normal sin hacer gran cosa. Estaba convencido de que su hijo sabría cómo gestionar aquella crisis y que todo se solucionaría cuando llegara de EEUU y aplicase sus conocimientos. Lucía, León y Aarón crecían abandonados a su suerte, yendo sucios y con la ropa despedaza al colegio, rebuscando entre los contenedores de una conocida empresa de comida rápida para subsistir. Lucía, la aparentemente más espabilada, empezó a echarle las culpas a su madre que, además de no trabajar y pasarse el día de compras, nunca se había preocupado por ellos. El resto de hermanos asintieron y se desencadenó una animadversión irreversible hacia su propia madre.



Aunque, sin lugar a dudas, lo peor de que las cosas vayan mal es que puedan ir todavía a peor. De esta forma, todo estalló cuando Francisco recibió una carta en la que se le advertía que su hijo llevaba sin presentarse a clase durante dos cursos y que, con todo el dolor de su corazón, debían expulsarlo. El sufrido padre enfureció y trató de reclamar el importe de los estudios, pero le respondieron que, con todo el dolor de su corazón, en virtud de las estrictas normas de la business school, aquello resultaba imposible. Como compensación, le devolvieron una gran parte en acciones de un valor seguro: Lehman Sisters.



Poco después de que su padre le cortara el grifo, l’Alfred no tuvo más remedio que volver a casa y aceptar que debía afrontar sus responsabilidades. Fue en el largo trayecto de vuelta en barco –ya que no disponía de dinero para tomar otro medio– cuando el joven urdió su plan maestro: se independizaría. A pesar de su nivel de enfado y frustración, así como la dura reprimenda que tenía preparada, la noticia hizo pedazos a Francisco. Sereno, sin disimular la rabia, le contestó que aquel niñato en el que había invertido tantos esfuerzos, dinero y tiempo no tenía ningún derecho a proponer, ni decidir, ni casi hablar sobre su futuro. Su futuro, bramó, lo decidiría él. Para más inri, aunque sólo fuera por hacerle la puñeta a su marido, la Teresa apoyaba con todas sus energías al muchacho y estaba convencida de que esa era la única forma de poder ser libre. Aprovechando un momento de flaqueza de Francisco, quien estaba al borde del infarto, anunció que ella también se independizaba. No quería saber más de la familia. Consecuentemente, presentó un documento en el que renunciaba a sus derechos como madre y la demanda de divorcio.



Para Francisco, divorciarse de aquel carcamal no suponía ningún problema, sino más bien un alivio. En cambio, no podía permitir que su hijo se marchara justo en ese delicado momento y dividiera a la familia. Todavía conservaba esperanzas de poder introducirlo como currela en la fábrica y que algún día heredara el negocio. Además, tenía la sartén cogida por el mango: l’Alfred era un completo inútil, no encontraría trabajo y no disponía de ni un céntimo para independizarse. Sabía que el reto que le estaba proponiendo era ficticio. Así que, empleando la efectiva retórica del no porque no, destruyó sus planes alegando un supuesto decreto inviolable entre padres e hijos. Prosiguió anunciándole que al día siguiente se incorporaría a la plantilla de Tèxtils Menys y que gran parte de su sueldo iría a parar a la familia. L’Alfred bramaba en silencio y su sangre hervía. No podía rechazar las condiciones de su padre, ya que así lo establecía el supuesto decreto, pero su pulso separatista no se había visto mermado, sino que había resultado fortalecido.



Ya sin la Teresa, Francisco y su no porque no se erigieron como modelo para el resto de sus hijos, quienes se habían posicionado de su parte. Esta actitud se agravó con el tiempo cuando l’Alfred tomó la postura de criticar deliberadamente a su padre al espoliarlo y repartir el dinero que ganaba con el sudor de su frente entre el resto de sus hermanos, los cuales no producían ningún beneficio para la casa. Por otro lado, el negocio familiar tuvo un inesperado golpe de suerte. Unos inversores alemanes compraron la fábrica, haciéndose cargo de todas sus deudas y asegurando su viabilidad. A cambio, Francisco, en su papel de presidente títere, debía gestionar un fuerte número de despidos, rebajar los sueldos de los afortunados trabajadores, abaratar el coste de los productos y recortar la calidad de las materias primas. La plantilla llevó a cabo una serie de protestas violentas contra Fransico, al que incluso agredieron cuando paseaba por el centro de la ciudad, que fueron brutalmente reprimidas por las fuerzas y cuerpos de seguridad de Francisco. De este modo, con la fuerza del terror, la fábrica se convirtió en un lugar seguro y apacible.



El despido de l’Alfred era de los más económicos, pero ser el hijo del jefe le bastó para continuar en plantilla. Aunque de carácter reivindicativo e implicados en las protestas, también habían conservado su puesto l’Oriol Fanegues i l’Antonio Cupaire. Ambos se convirtieron en compañeros inseparables de l’Alfred. Cada uno a su manera, comenzaron a demostrarle que conseguir el derecho a la autodeterminación era más sencillo de lo que creía. Según comentaban, el supuesto decreto no era más que una falacia que oprimía a los individuos que anhelan su propia libertad. Los dos trabajadores aconsejaron a l’Alfred que debía marcharse de casa y buscar un nuevo empleo. L’Oriol creía que debía dejar claro a su padre los motivos de la independencia sin redoblar su pensamiento e iniciar una desconexión progresiva con sus lazos familiares; mientras que l’Antonio argumentaba que debía independizarse por las bravas puesto que su padre era un explotador y un opresor al que no le debía nada, y nunca podría alcanzar una personalidad propia y plena junto a él. Aquellas tesis calaron hondo en l’Alfred, quien las repetía para sí mismo una y otra vez hasta que se convenció de que eran su única salvación.



A finales de año, los tres se independizaron a un piso viejo de un barrio popular. Dejaron el trabajo en la fábrica para emprender un humilde negocio de camisetas con mensajes reivindicativos, después lo transformaron en uno de moda importada de Asia y finalmente lo traspasaron a un kebap donde los tres trabajan ahora felices. En la consecución de la soberanía, l’Alfred empleó sutilmente el abanico argumental del no porque no de la misma forma que le habían enseñado. Por su parte, Francisco era feliz con el anhelo de que los alemanes conseguirían llevar a Tèxtils Menys a la cima, mientras se convencía de que era un padre ejemplar y de que sus hijos crecían felices, a pesar de todas las calamidades que habían sufrido. La Teresa también era feliz, a pesar de que su amante la había abandonado adueñándose legalmente de sus ahorros y de que su exmarido le había demandado por haberle tomado el 3% de comisión. Por suerte era demasiado anciana como para temer ir a la cárcel. Se contentaba con las noticias que recibía de su hijo Alfred, que de vez en cuando le escribía contándole que aquello de la independencia había resultado un éxito y que pronto la empresa podría desbancar a la de su padre, además de otras heroicas hazañas.



Así que como conclusión, la historia de l’Alfred Menys muestra que el no porque no resulta una doctrina efectiva para alcanzar los objetivos que cualquier persona se pueda plantear en la vida. Independientemente de que haya un conflicto de intereses, la aplicación para cada una de las partes de dicha estrategia acarrea el éxito para las mismas. Sin malgastar saliva, sin perder el tiempo, sin calentar la mente, sin frustraciones, sin gotas de sudor que arden por la espalda, sin incoherencias, sin molestar a nadie, sin fisuras, sin miedos y sin vergüenzas. Basta decir no y si preguntan, contestar porque no.



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